miércoles, 5 de octubre de 2011

Zapatos que aprietan


Las personas, a veces nos encontramos al borde de un precipicio. Sabemos que si damos un paso más vamos a caer al vacío y el golpe será terrible. Y sin embargo muchas veces queremos, necesitamos, dar ese paso.
Buscamos ayuda en los demás, porque necesitamos esa aprobación o ese empujoncito que nosotros mismos no podemos darnos.
Sabemos que los que nos quieren bien nos van a decir que no saltemos, entonces buscamos seducirlos, y demostrarles que lo que vamos a hacer en el fondo es lo mejor para uno.
Después de todo, la decisión ya está tomada. Vamos a saltar cueste lo que cueste y después pagaremos las consecuencias.
Un amigo hizo una analogía que simplemente me pareció perfecta:
Es como si al pasar por una zapatería cayéramos enamorados de un par de zapatos. Unos zapatos que parecieran brillar opacando al resto de los zapatos. Nos llaman, nos dicen “comprame”. Entonces sin dudarlo, entraríamos a la zapatería decididos a comprarlos, pero solo quedan de un talle menor al nuestro.
Los probamos y notamos que nos quedan apretados, pero pensamos “ya me voy a acostumbrar. Quizás, después se estiren y se adapten a mi pie”.
Entonces a pesar de saber que esos zapatos nunca van a ser cómodos, y que no vamos a llegar muy lejos con ellos sin dolor y sufrimiento, los compramos.
Esos zapatos no son para nuestro pie, pero los forzamos para que sí lo sean.
Finalmente, luego de mucho dolor, los guardamos en el fondo del placard.
¿Por qué elegimos usar zapatos que nos aprietan?
¿Qué tienen de encantador que optamos por usarlos a pesar del dolor que nos causan?
Y lo que más me intriga, ¿Por qué buscamos excusas y pretextos para convencernos y convencer al resto del mundo que estamos haciendo bien?
Hay quienes piensan que el golpe o el dolor actúan como una terapia de shock. Me rompo la cabeza contra la pared para poder parar y volver a arrancar.
No soy partidaria de esta idea. Más bien soy de las que creen que hay que tener paciencia y que el tiempo cura todo.
Seguramente en algún momento me encuentre en una situación en la que esté al borde de perder la cordura.
Espero que entonces haya una mano amiga que me corra de la vidriera. Hasta que un día, simplemente encuentre el par de zapatos a mi medida.

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